Entrar en WWE 2K Battlegrounds es como si alguien hubiera agarrado tus figuras de acción de la infancia, les hubiera dado una sobredosis de esteroides y las hubiera soltado en un parque de atracciones sin reglas; es una experiencia sensorial vibrante, exagerada y llena de colores neón donde el sudor parece barniz y los golpes suenan a explosiones de cómic. Aquí te olvidas de la simulación técnica para abrazar mecánicas puramente arcade donde puedes lanzar a John Cena a las fauces de un cocodrilo hambriento o invocar rayos desde el cielo para electrocutar a tus oponentes mientras rebotas en cuerdas elásticas. Lo que hace que este título valga la pena es su desparpajo total y su accesibilidad; es el juego perfecto para desconectar el cerebro y disfrutar de un caos multijugador desenfrenado donde los movimientos especiales desafían las leyes de la física con una fluidez caricaturesca. Dedicarle tiempo es redescubrir el lado más lúdico y menos serio del wrestling, permitiéndote armar combates imposibles en escenarios interactivos que convierten cada cuenta de tres en una carcajada colectiva, ideal para sesiones rápidas de sofá con amigos que no quieren aprenderse complejos esquemas de control.
En el apartado de recepción y cifras, el juego tuvo un paso tibio por la crítica debido a su fuerte enfoque en las microtransacciones iniciales, obteniendo una puntuación de 60 en Metacritic para su versión de PlayStation 4, mientras que en Steam mantiene una calificación "Variada" con un 55% de aprobación por parte de los usuarios. En términos comerciales, a pesar de las críticas mixtas, el título logró capitalizar el vacío dejado por la ausencia de la entrega principal ese año, superando las 1.2 millones de copias vendidas a nivel global, funcionando como un respiro ligero y colorido dentro de la franquicia de 2K.